Ayer fuí a tirar con arco. Sí, yo tiro con arco, y no es que no me decidiera entre equitación y tiro con arco como sé que algunos piensan -allá ellos que se perderán tantas cosas en esta vida por cargar con sus prejuicios- sino que lo probé y me enganchó desde las primeras flechas. Y creedme que aunque es más caro que jugar al fútbol uno puede pagarlo con una asignación semanal normalita.
Así que ayer tomé el día sabático para recuperar fuerzas de cara a la segunda tanda de exámenes y me acerqué a la sala a tirar unas flechas. Siempre que estoy unas cuantas semanas sin tirar, y los dedos olvidaron el peso de la cuerda, la mano el tacto de la empuñadura, y los oidos el click que lo libera todo; y vuelvo a montar el arco me invade la sensación que sentía mis primeros días como arquero. Y aún más allá en los lejanos tiempos en el pueblo donde crecí y en el gimnasio donde descubrí las luchas y la paz. Es esa sensación de equilibrio, de que todo está en su lugar, que los astros se alinean a tu favor y todo se vuelve extremadamente sencillo.
Una vez vuelves a la rutina del entrenamiento se tiende a olvidar ese equilibrio, se rompe el silencio cuando uno comienza a pensar en los dedos, la postura, la mano, el hombro, el clicker, la diana y las infinitas cosas que uno tiene que dominar para ser un buen arquero. Y como siempre uno sólo puede dominar algo cuando deja de intentar doblegarlo.
Igual pasa con casi todo, las cosas se van volviendo cada vez más complicadas y perdemos la perspectiva, olvidamos el porqué hacemos lo que hacemos. Y sobre todo: porqué empezamos a hacerlo. qué nos impulsó a lanzar la primera flecha y qué sentimos al hacerlo. Mi arco es mucho más complejo y sofisticado que aquel que usé por primera vez, pero la magia del tiro sigue ahí…